La mayoría de los padres quiere una educación equilibrada para sus hijos. De eso estamos seguros.

¿Quién no se ha impactado con las atrocidades cometidas en nuestro país por algunas personas? ¿Quién no ha clamado a Dios pidiendo comprensión ante la perversidad de los actos perpetrados? Mujeres embarazadas a punto de dar a luz son asesinadas para robarle a su bebé. Vándalos que irrumpen en una escuela secundaria para cortar el pelo a las maestras y a las alumnas para luego venderlo. Un joven rapero de 17 años quien ayudó a disolver en ácido los cuerpos de tres estudiantes universitarios de comunicación, secuestrados y asesinados. No sólo los mexicanos nos paralizamos estupefactos ante estos hechos espeluznantes. En muchas partes del mundo la noticia ha dejado conmocionada a la gente, horrorizada y sin aliento. No cabe duda, los ciudadanos nos movemos expectantes y con miedo ante la crueldad de estos sucesos. Nos cuestionamos sorprendidos, ¿en dónde cabe tanta maldad? Nuestras palabras se tropiezan en la oscuridad buscando una respuesta para orientarnos a entender cómo es posible tal cantidad de monstruosidades.

Una sola respuesta no es suficiente, estos problemas son multifactoriales, pero quizá Freud nos puede dar luz en la parte psicológica de estos sujetos. Él describe tres estilos de estructura psíquica de personalidad que se desarrollan en la infancia. Todos caemos dentro de alguna: “Neurótico, psicótico o perverso”.  Dichas maneras de ser y de estar en el mundo nos van a guiar a actuar y a comportarnos en el día a día. Según el psicoanálisis, la gran mayoría somos neuróticos y el resto son psicóticos o perversos. Para el neurótico la realidad existe, tiene conciencia de ella y la enfrenta. Si golpea a una persona, ésta va a sufrir, lo sabe y él mismo deberá responder a las consecuencias de sus actos. El psicótico es quien evade la realidad y crea la suya propia. Si comete un acto de agresión en contra de alguien no dimensiona el daño ocasionado o ni se entera de lo que provocó.: El tercero, el perverso, para él, existe la realidad, pero no le da importancia. Lastima a un sujeto y no le interesa si sufre o muere. No siente ningún remordimiento por lo que hace, ni teme las consecuencias con las que se topará. Según explica el psicólogo Carlos Arturo Moreno de la Rosa. “El perverso es un demonio encarnado.” Goza mortificando la existencia del otro, saciando sus pulsiones perversas, sólo él. No tiene valores, es agresivo con quien lo perturba o le estorba. Es inmoral, egoísta, intolerable y siempre con una mala comunicación. Es un ser con un gran resentimiento social. Sus acciones van dirigidas a herir y lesionar a los individuos en sus afectos aunque ni siquiera alcance a vislumbrar el daño cometido.  Llegando a este punto nos cuestionarnos, ¿cómo se erigió esta estructura macabra de personalidad? Leyendo a Freud, una de sus respuestas describe al perverso como un niño a quien no se le pusieron reglas, normas o límites. No conoce autoridad, nadie castró su deseo de perversión. Nunca se le castigó o frustró.

Sacudidos con este estruendo psicológico pudiéramos aclarar y comprender un poco las atrocidades cometidas por tanta gente desquiciada. Como un torbellino surgen las preguntas inquietas de los padres. ¿Cómo evitar educar hijos con esta estructura psíquica? ¿Qué se debe hacer? ¿Cuál es la disciplina conveniente para prevenir crear monstruos e impedir lacras para la sociedad? ¿Cuál es el camino para tener hijos sensibles, responsables y emocionalmente equilibrados? Cada familia maneja su sistema de corrección. Sin embargo podríamos clasificarlas en tres estilos:

El primero es el autoritario: Este padre controla todo y es inflexible. Sólo su palabra tiene valor. No escucha al hijo. No le permite tomar decisiones; su libertad es limitada. Le exige obediencia absoluta. Hay critica, castigo y se ignora su sensibilidad. No le expresa afecto ni aprobación. Aplica sus reglas con rigor. Cuando este método se utiliza el niño se siente abandonado. Le ronda una sensación de no ser amado. Hay un alejamiento emocional del padre y genera rencor. Con esta manera de educar podemos corregir y ser muy duros y lograr lo que esperamos. Sí, pero también se deja un reguero de emociones desperdiciadas.  Éstas podrían servir para crear sensibilidad, caridad, respeto, etc. La rigidez correctiva empobrece la parte emocional del pequeño.

El segundo estilo es el permisivo: Aquí es el hijo quien ejerce la autoridad. Se invierten los papeles. El padre suelta el poder y se guarda muy poco para él. Lo pone en manos del chico. Lo sobreprotege y hay un excesivo cuidado a su autoestima. El adulto no quiere ver al hijo batallar ni sufrir; mucho menos llorar.. No le ponen límites razonables. No hay reglas claras ni castigos ni señales de desaprobación. El padre teme perder el amor del niño si corrige o castiga y si lo hace no cumple su palabra la mayoría de las veces. El chico se vuelve un individualista, egoísta. Hay un caleidoscopio de emociones sin control. Con este estilo de formación se corre el riesgo de crear la estructura de personalidad perversa explicada por Freud. No hay consecuencias de sus actos, ni castigos acerca de su mal comportamiento para reflexionar. Al infante le rodea un ambiente desordenado e incomprensible.

El tercer estilo es una combinación de los dos anteriores, un término medio. Se le llama disciplina positiva. Aquí el padre posee la autoridad. Es duro con las reglas, suave con el niño y esto genera un sentimiento de seguridad. La disciplina es firme y a la vez amorosa. La parte emocional se comprende y se respeta. Se vuelve cercana y se crean vínculos sanos. Las reglas son claras y están por escrito. Se advierten las consecuencias y se ejecutan. Los castigos son de corta duración y siempre se cumple lo prometido ya sea lo positivo o lo negativo. Esto mueve al niño a reflexionar para no repetir sus errores. El padre escucha objeciones y muestra flexibilidad; florece la comunicación. El hijo sabe qué se espera de él.

La violencia de nuestros tiempos se desborda, nos sobrepasa y no vemos cómo contenerla. Mañana no sabemos qué noticia nos horrorizará. Parece que los vándalos, asesinos, criminales salen hasta por debajo de las piedras. No establecemos una conexión para ver quiénes ni cómo fueron educados estas personas. Sólo observamos su crueldad, esperando les den un castigo ejemplar.

A nadie le gustaría ver a su hijo amado actuar como un perverso. La respuesta es clara: “Hay que frustrar a nuestros hijos.” Es necesario poner reglas, normas, límites a los niños. Ser muy claros en aplicarlas. Actuar sí, pero siendo “amorosamente firmes” Y cumpliendo las consecuencias.

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Patricia Haydeé Zúñiga, es psicóloga y escritora. Estudió las carreras de Psicología y de Ciencias Lingüisticas y Literatura en la UR. Cuenta con una Maestría en Letras Españolas por la UANL y una Maestría en Terapia Breve Sistémica. Actualmente colabora como psicóloga para Cáritas a la vez que imparte terapia particular.

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